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Elena Díaz: "Por qué Málaga necesita escuchar mejor"

Hablamos mucho del ruido como problema, pero poco de quién lo resuelve. Y ahí es donde, como telecos especializados en acústica, llevamos años haciendo un trabajo que casi nunca aparece en los titulares y que, sin embargo, sostiene buena parte de la calidad de vida en nuestras ciudades.

El ruido es uno de los grandes retos medioambientales que tenemos hoy en Málaga. La OMS lo coloca como el segundo factor ambiental que más daño hace a la salud, solo por detrás de la calidad del aire. Y en muchos ayuntamientos del país las quejas vecinales por ruido son ya, sin discusión, la primera causa de denuncia ciudadana. Detrás de esos números hay mucha gente: personas mayores que no consiguen descansar, niños que no rinden en el colegio sin que nadie sepa muy bien por qué, comunidades de vecinos rotas por culpa de un local que abrió en el bajo, o incluso gente que acaba en el médico sin asociar sus síntomas con ese zumbido constante que oye desde el salón de su casa.

Y aquí es donde aparece la pregunta incómoda: ¿quién hace que toda esta teoría funcione en la práctica?

Una norma sin medición es papel mojado. Una sanción sin un informe técnico riguroso se cae en el primer recurso. Y una ordenanza municipal sin un buen mapa de ruido detrás difícilmente va a poder aplicarse con criterio. Cada paso de la cadena necesita rigor técnico, y ese rigor no aparece solo. Porque detrás de cada queja vecinal, de cada conflicto entre una actividad y un edificio residencial, de cada decisión sobre dónde se puede abrir una terraza o cómo se diseña una nueva avenida, hay una capa técnica que casi nadie ve. Una capa que pide conocimiento muy específico para que las decisiones que se tomen tengan sentido y aguanten en el tiempo.

Los telecos somos los que cogemos un fenómeno físico —la propagación de las ondas sonoras— y lo convertimos en datos defendibles ante una administración o ante un juzgado. Lo hacemos con sonómetros, con software de simulación o de predicción acústica, y con una formación que combina tres mundos que casi nunca confluyen en la misma persona: la electrónica del propio equipo de medida —si no, cómo sabes si lo que marca el sonómetro es fiable—, la física que rige la propagación del sonido —imprescindible para interpretar lo medido y para modelar lo que aún no se ha construido— y, encima de todo eso, el marco normativo que dice qué procedimientos son válidos y qué límites aplican en cada caso.

La acústica forma parte de nuestra formación desde hace décadas, aunque sorprenda. Cuando uno dice «teleco», la gente piensa en redes, en móviles, en antenas. Casi nadie piensa en sonómetros. Y, sin embargo, la acústica lleva siendo parte de nuestra disciplina desde mucho antes de que el ruido fuera un tema de conversación pública.

Frente a otros problemas ambientales que necesitan décadas para revertirse —como pueden ser el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la calidad del aire—, con el ruido tenemos suerte. Se puede medir con precisión. Se puede modelar. Se puede prevenir desde el propio diseño urbano. Y se puede reducir con tecnología que ya tenemos a mano hoy mismo.

Ya hay pavimentos que rebajan el ruido del tráfico varios decibelios sin que el conductor lo note siquiera. Hay pantallas acústicas que protegen colegios, hospitales o residencias sin convertir la ciudad en un búnker. Existen sistemas que monitorizan en tiempo real cómo suena un barrio y permiten anticipar problemas antes de que las quejas lleguen al ayuntamiento. Y hay soluciones de aislamiento bien probadas para que el ocio y el descanso convivan sin que uno tenga que aplastar al otro.

Málaga, además, es un caso especialmente interesante. Vivimos en una ciudad que ha cambiado mucho en muy poco tiempo, y eso también se nota en cómo suena. El bullicio del centro histórico en plena temporada, las terrazas que se han multiplicado en los últimos años, el tráfico de una ciudad metropolitana que sigue creciendo, los conflictos vecinales en zonas como el Soho, el Centro o Pedregalejo en noches de verano, el rumor permanente del puerto y de la actividad turística… El paisaje sonoro de Málaga no se parece al de Sevilla, ni al de Madrid, ni al de Valencia. Tiene su propio ritmo y, por eso mismo, pide soluciones acústicas hechas a su medida.

Y a esto se suma la realidad de la provincia. Más de cien municipios, muchos de ellos pequeños o medianos —desde los pueblos del interior hasta los de la Costa del Sol—, que viven situaciones acústicas muy distintas entre sí. La presión turística no se gestiona igual en Marbella o Torremolinos que en Antequera o Ronda. Y casi ninguno de estos ayuntamientos tiene un departamento técnico propio especializado en acústica. No pueden tenerlo, ni tendría sentido tenerlo. Pero sí pueden apoyarse en profesionales colegiados que les den seguridad técnica cuando la necesiten, al igual que se apoyan en arquitectos o en abogados para otras decisiones del día a día municipal.

Aquí es donde el Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos de Telecomunicación de Andalucía cumple una función que muchas veces pasa desapercibida: garantizar que detrás de cada informe acústico, de cada peritaje, de cada proyecto, haya un profesional colegiado cuya competencia está verificada y cuyo trabajo está respaldado por un código deontológico. Para un ayuntamiento pequeño, para un juzgado o para una comunidad de vecinos, esa garantía no es un trámite: es la diferencia entre un informe que aguanta y uno que no.

Conviene recordarlo en un día como hoy: el silencio no es ausencia, es un bien común y merece ser cuidado. El silencio del paseo temprano, el de la siesta del domingo, el de la conversación tranquila en una plaza, el del descanso que de verdad repara. Ese silencio que, paradójicamente, hace que una ciudad suene mucho mejor.

Málaga tiene una manera muy suya de saber estar al aire libre, de vivir la calle, de hacer del espacio público un lugar de encuentro; es nuestro ADN, y cuidar nuestro paisaje sonoro no significa renunciar a nada de eso. Significa, justo lo contrario, proteger lo que nos hace únicos y conseguir que sea sostenible en el tiempo.

Y para eso hace falta de todo: voluntad política, conciencia ciudadana y conocimiento técnico que acompañe las decisiones. Porque al final no se puede gobernar lo que no se sabe escuchar. Y de escuchar ruido, sí que sabemos. Quizá hoy, en el Día Internacional de Concienciación sobre el Ruido, no se trata tanto de hacer ruido nosotros también, sino de recordar que lo que hay en juego cuando hablamos de esto es la vida cotidiana de muchas personas.

 

Artículo publicado en Diario Sur

Elena Díaz

Vicedecana del Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos de Telecomunicación de Andalucía